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Nos pasa a todas… Anécdotas colaborativas de viaje siendo mujer

Después de “Cosas de mujeres que viajan: sobre la depilación y otras cosas” viene “Nos pasa a todas”, un post de anécdotas muy en femenino para solidarizarnos entre mujeres y sacarles el rótulo de “vergonzoso”. Sí, nadie es tan ridículo ni está tan solo en esos momentos en los que piensas “trágame tierra, tsunami por favor a mí”. No habrá ni terremotos ni tsunamis pero recuerda que nos pasa a todas y afróntalo con naturalidad.

Mis anécdotas van desde el día en que hice una peregrinación de kilómetros y estuve 15 horas intentando disimular el manchón enorme rojo de mi jean hasta los malabares para que creyeran que estaba haciendo caca por dos horas para poder teñirme el pelo tranquila en un hostel. Para mí conciencia moral, había muchos baños, muchísimos. Y estar encerrada sentada en el inodoro mirando el techo mientras esperaba que se pasen los 40 minutos de la tintura… Creo que hoy prefiero las canas. 😛

¡Y no olvidemos las cagadas viajeras! Anécdotas hay muchas pero la más fresca es la sensación de hacerme caca por 10 horas en mi viaje en bici por Liberia. Estaba en caminos de tierra, en el medio de la jungla, pero ese día me topé con todos los habitantes del país. Apenas encontraba un lugarcito al lado del camino aparecía alguien sonriente y luego otro, y otro, y otro… Me sonreían como su supieran…

Y ni hablar cuando tenés ganas de hacer pis y estás en pantalones. A los hombres pareciera importarles tres pepinos pero convengamos que poder hacerlo parado es una gran ventaja y tener una manguera también. En esos momentos queremos una manguera provisoria ya. ¿A quién no le pasó? Admito que una vez me hice pis al lado del inodoro… Mearme los zapatos por salpicar en las piedras… Miles de veces.

¿Y las de amores? O desamores… Y verguenzas a causa del idioma. Cuando le decís a tu amiga en el medio de la nada que tal flaco está increíble y el flaco pasa de un perfecto inglés con acento nativo a un perfecto español con la novia al lado… ¡tragame tierra! O cuando te tira todos los galgos hasta que te ve en bikini con los cardos de las piernas, porque obviamente te robaron la maquinita de depilar un día antes en Hanoi. Ahora lo primero que hago es que acepten que cada tanto aparecen, sobre todo en invierno.

Y claro, el romance de avión donde los codos se rozan, uno se enamora y un mes después te das cuenta que fue solo la poesía del momento porque el flaco parece ser un psicópata obsesivo de los que te cortarían en pedacitos. Bueno, a veces quedan lindos recuerdos, que no pasan de recuerdos.

¡Y las horas que me pasé estos años intentando levantar la moto! Porque además de pesar 45 kilos y tener cero fuerza, también tengo poca técnica para todo lo que no sea la moto rodando (en seco es otra cosa). Pero la falta de técnica con un buen brazo fornido se disimula (ya vi a unos cuantos…).

Así podría seguir y seguir. Cuando estés en el punto exacto piensa: “Nueva anécdota para Guada. Tranquila que peor que a ella difícil. Nos pasa a todas. Om”. Y afróntalo con la frente alta, que te acompañamos virtualmente con el sentimiento. ¡Avanti que somos muchas y nada es tan terrible ni tan duradera la vergüenza!

Flor de Viaje y Descubra con su anécdota de una vejiga apurada

Tengo muchas anécdotas divertidas para contar pero voy a elegir una inédita que sólo saben mis mejores amigas. Estabamos en Paris con una amiga y conocimos a un flaco en el hostel. Decidimos salir a tomar unas cervecitas al costado del Sena. Tomamos bastantes, evidentemente, y el miedo a no conseguir un baño abierto comenzó a invadirme. ¿Dónde voy a desagotar mi vejiga?

Empezamos a caminar desesperadamente y ya estaba todo cerrado, mis ganas de hacer pis eran cada vez más insostenibles. Dejamos al pibe del hostel en la parada del colectivo y le dijimos que nos espere ahí que iríamos a buscar una solución… Doblamos la esquina, mi amiga me miró seria y me dijo «no hay otra opción, hay que hacer acá». Yo, que nunca había hecho pis en público, en la calle, no sabía ni por donde empezar. Miraba a mis alrededores y me parecía una locura quedarme en culo en el medio de Paris, en una ciudad tan romántica, a orillas del Río Sena… no lo veía viable. Gente casi no pasaba, pero de sólo imaginarlo me daba una verguenza insoportable. Pero era verdad, otra no había: estabamos lejísimos del hostel y ya no daba más.

Mi amiga toma la iniciativa y comienza a hacer pis contra una pared. Evidentemente la cerveza había hecho estragos y mi poca experiencia en esta situación hizo que me tentara. Empecé a hacerme pis encima. No llegué ni a desabrocharme el pantalón pero tampoco podía frenarlo, era tanto lo que me hacía que no pude pararlo y empecé a reirme nerviosamente. Mi amiga miraba el chorro y me decía «uy mirá todo lo que hice» hasta que se dió cuenta que todo eso era mío también, con la diferencia que tenía todo el jean empapado.

Volvimos a la parada del colectivo, yo me puse un pareo en el culo y el pibe no entendía nada. Quedó como una de las anecdotas más divertidas pero a la vez, de las más bizarras y vergonzozas de mi vida viajera.

Mar de El Viaje de la Vida con la regla por cualquier sitio

«No hay un viaje en el que no me pille la regla. En mí es algo siempre irregular, pero si quiero que me baje sé lo que tengo que hacer: comprar un vuelo a cualquier sitio. Sé que no soy la única mujer a la que le pasa, pero hay momentos en los que he pensado un «pero cómo puedo tener tan mala suerte». Recuerdo en especial una vez en Tailandia. Estábamos en Bangkok pero ese día habíamos decidido ir a visitar el mercado sobre las vías del tren, Mae Klong, en una van compartida. El sencillo plan de «subir a una van, ver el tren, ir al mercado flotante, volver a Bangkok» se convirtió en 3 horas de espera bajo un toldo de uno de los puestecillos de fruta encima de las vías. Sí, necesitaba un baño. Y un baño cerca.

Nunca se me habría ocurrido pensar que en medio de ese descontrol de puestos de alimentación de lo más variado, donde nos habíamos cruzado ya con dos ratas, habría un pequeño edificio con baños. Baños mucho más limpios de lo que me esperaba… pero baños asiáticos. De los de agujero en el suelo. De los de cubo con agua al lado. Sin perchas para dejar tu mochila. De esos en los que cuando, tras cuatrocientas acrobacias, consigues tu objetivo (y sin tocar paredes o puerta) sales y esperas encontrar unos jueces que te den la medalla de oro a la mejor actuación en gimnasia rítmica.

Mira que siempre se dice que hay que salir de casa ya «con todo hecho», y por algo es… pero cuando eres mujer, siempre surgen este tipo de imprevistos».

Aran de Mundo Alegranza con su historia de amor

Llevaba tres meses en Argentina. Me había acostumbrado a cruzar calles sin pasos de peatones, a que la gente me preguntara de dónde era y la Guía-T se había convertido en mi mejor amiga. Mi rutina aburrida en aquel verano de sol y humedad, se basaba en pasear por Palermo, sentarme en un café con mi portátil y enviar mi currículum a todas las empresas de aquel nuevo país. Buenos Aires era agradecida con los turistas pero yo estaba apunto de convertirme en residente y necesitaba un trabajo.

Me había separado hacía un par de meses de un salteño moreno, de boca grande y dientes blancos, una nariz pequeña y fina acompañaba unos labios suaves y rosados: de barba desprolija y mirada sincera. No tanto su actitud: me enteré que me había engañado tiempo atrás así que le dejé.

Y bajo aquel verano que no regaló ni un día a menos de 30º, las horas me pasaban a la velocidad máxima de un caracol. No podía con aquel soponcio y mi casa apenas tenían ventilador techo que en cada giro parecía apunto de descolgarse. A mi ansiedad de buscar un trabajo se le sumo la tristeza de encontrarme sola y desamparada en un país nuevo. No tener a alguien familiar cerca o de confianza en la que resguardarme aquellos días que estaban a punto de superarme.

Necesitaba salir de aquella rutina, quizás ver a alguien conocido me haría bien. Mi amiga Belén era la mejor opción. Hacíados años que vivía en Montevideo, y serían unos días de risas y anécdotas aseguradas. ‘’Vente un finde que yo puedo hacerte de guía y paseamos por la rambla. Además los uruguayos te van a encantar, son de tu estilo: relajados, medio hippies y con sonrisa de anuncio’’. Para mí la rambla era algo parecida a la de Barcelona, y de hombres, no quería saber nada. Así que acepté. Compré el pasaje más barato en Buquebus, y me presenté un jueves a las 21.30h feliz de recibir un nuevo sello en el pasaporte.

El barco era enorme, casi te diría que era un buque de guerra de esos que cuando ves desde fuera piensas que tendrá ascensores para ir desde donde se amontonan los coches, hasta la cubierta superior. Económico, poca gente y pocos niños, menos mal, ya había pensado la estrategia para sentarme lejos de ellos. Dos puertas de metal recién pintadas disimulaban el óxido y daban la bienvenida al gran salón principal, con capacidad para trescientas personas. El suelo alfombrado con colores de la empresa te hacía sentir en un lugar más cálido.

¡Y fuera. 35º! Evitando la multitud que se agolpaba por conseguir el mejor asiento en la ventana, me desvíe hacia las filas centrales. Eran quince butacas en paralelo que formaban las más de veinte filas. Busqué un número impar: fila 9, asiento 7, 8 y 9 para mi y mis cosas. Saqué la chaqueta porque el aire acondicionado estaba en modo supervivencia de pingüinos y estiré mis pálidas piernas en la butaca 8 mientras que la mochila fue a la 7. El olor a gasolina quemada inundó el salón y el traqueteo de aquel buque de guerra me avisó que estábamos zarpando. Me esperaban 4 interesantes horas de lo que yo pensaba que era dormir en un barco.

En ese momento en el que la euforia de la gente baja de forma repentina y el silencio empieza a aparecer, vi que alguien se sentaba entre la butaca 5 y 6. ‘’Joder, con la cantidad de asientos que hay libres y tiene que ponerse pegadito a mi’’ Ni lo miré para hacerle sentir mi desprecio, ¿acaso no sentía empatía? Seguí sumergida en mi libro del Eternauta, maravillada por las ilustraciones y la imaginación del escritor. Nunca había leído un libro en viñetas.

Llevábamos menos de una hora y mis ojos empezaban a pestañear con más frecuencia. En esas ocasiones me da por mover los pies, como un tic nervioso, pero con movimientos muy lentos, como si bailaran un vals sin música, sin compás. El movimiento me relajó y cuando estaba por cerrar el libro vi de reojo que mi vecino de fila estaba bailoteando sus pies a un compás parecido al mío. Llevaba unos auriculares antiguos, de esos en forma de diadema metálica, delgada, con dos espumas redondas en los extremos, como sacado de una película de los 80’s.

Como si de un juego se tratara, decidí prestarle atención a sus pies. Moví mi pie derecho hacia un lado, como haciendo círculos lentamente. Paré. Vi que su pie repetía mis movimientos y se acercaba al mío. Puse mi pierna izquierda sobre la derecha, dejando mi pie izquierdo libre moviéndose en círculos. A los pocos segundos su pie izquierdo se balanceaba lentamente hacia un lado y hacia el otro. Fue la primera y única vez en mi vida que mis pies hablaron con otros pies. Quizás sí había compás entre nosotros. Estiró una de sus piernas y muy fugazmente nuestros pies se rozaron. Sentía como una electricidad que llegó a ruborizarme. ¿Habría sido sin querer? Entre movimientos, estiramientos y gestos que desde fuera podrían ser vistos muy absurdos, nos mirábamos de reojo sin cruzar una palabra.

Sentí que el aire seguía en modo supervivencia para osos polares y busqué refugiar mis pies debajo de mi mochila, en la butaca 7. Para eso tenía que moverme un poquito hacia delante, dejando la butaca 9 para sentarme en la 8. Esto dio lugar a un sutil movimiento de ajedrecista. Mientras yo encontraba la posición más cómoda para no destrozarme la espalda en aquellos asientos y mis pies quedaban totalmente cubiertos por la mochila Quechua, mi vecino activó el juego.

Tardó varios minutos en reponerse de su asiento, bajó lentamente sus pies al suelo y se cambió de asiento, acercándose uno más a mi butaca 7 donde estaba mi mochila sobre mis pies, a punto de congelarse. Subió el apoya brazos que separaba los asientos y  con el cuidado con el que se trata una pieza de gran valor en un museo, se acercó a mis pies y los tomó entre sus manos. Grandes, como si fuera un jugador de rugby, calientes y un poco ásperas, me acarició el empeine, apretó mis pequeños dedos y me miró. ‘’Estás helada’’. Mi reacción fue espontánea.

  • Si el aire está muy fuerte.
  • Siempre es así en este barco, pero quizás te puedo ayudar.
  • A ver…

Sacó de su mochila una manta de metro y medio y me la ofreció. Yo ya no quería dormir, sentía que había una conexión especial, como cuando miras a alguien a los ojos y no sabes muy bien por qué pero te inspira una confianza absoluta. Hice un gesto para acercarme a él incluyéndolo en la manta y me sonrió. ¡Ahí estaba la sonrisa de la que Belén me había hablado! Era de piel dura curtida por el sol, pelo largo recogido en un moño, de hombros torneados y no demasiado alto. Se llamaba Nicolás, viajaba por trabajo con frecuencia a Buenos Aires, era mecánico. La charla se alargaba con preguntas de ida y vuelta y en cada silencio nuestros cuerpos se acercaban un poco más.

  • Ven, descansa.

Estiro su brazo derecho por detrás de mi espalda, abrazándome, como el consuelo de llegar a casa por un largo día de trabajo. Apoyé mi cabeza en su pecho y seguimos la conversación. Su corazón latía fuerte y su voz retumbaba dentro.

Había estado en España, le encantaba el norte y siempre pensó en llevarse el negocio para allí, pero lo cierto es que el paisitoera su lugar en el mundo. Y su padre. Hablaba mucho de la familia y siempre acaba con alguna historia con su papá. Y yo hablaba de la mía, de lo difícil que es estar lejos de ellos. ‘’Les quieres pero a veces hay que hacer otras cosas que te impiden estar cerca’’, dije. ‘’Tú y yo ahora estamos aquí y demasiado cerca’’, me retrucó. Levanté la cabeza de su pecho, lo miré y estiré mi cuerpo hacia sus labios. Me acarició el cuello, las mejillas y se separó. Me miró con sus ojos oscuros, su tez morena y esas diminutas pecas sobre la nariz.

  • Esto es una locura, dijo bajando la mirada mientras se sonrojaba.
  • ¿Estás casado?
  • No, pero si sigo besándote no voy a poder parar.
  • Aprovechemos entonces, nos quedan dos horas de viaje.

Julia de Camino Salvaje con una historia de letrinas

Me considero una persona bastante decidida y no especialmente vergonzosa pero a lo largo de mis viajes he vivido algunas situaciones en las que he pensado aquello de ¡tierra trágame!

Recuerdo perfectamente una en particular, era 1 de Enero y estaba cruzando la frontera de Vietnam a Camboya. Normalmente los cruces de frontera son días intensos de por sí y especialmente si mientras haces la cola para entregar tu pasaporte… ¡te baja la regla!

Lo noté perfectamente y cuando terminé el trámite del visado me fui corriendo en busca de un baño. Cuando llegué había gente esperando pero vi que entraban varios a la vez por lo que me tranquilicé. Pero cuando llegó mi turno las ilusiones se me fueron a la papelera al descubrir que el baño ¡era compartido!

No solo era un baño tipo letrina sino que además había varios agujeros para que varias personas pudiesen hacer sus necesidades al mismo tiempo. Juntas y en compañía. No tenías otras opciones así es que no me quedó otra que sacar mi copa menstrual y ponérmela. Mi sorpresa al ver el baño compartido no fue nada comparado con la cara de sorpresa que pusieron las dos señoras que me acompañaban en el baño al verme ponerme la copa. Salí de allí lo más rápido que pude.

Gilda de Mi Bitácora de Viajes con los efectos del mar

Lo confieso, nunca me gustaron demasiado los barcos. El aire, en cambio, me encanta: viajar en avión, tirarme en paracaídas, volar en globo. Pero al agua, le tengo mucho respeto. Admiro el mar pero respeto su fortaleza, el vaivén de sus olas.

Eso pensaba mientras estaba en un barquito con destino a Koh Lipe, una playa de Tailandia. El trayecto desde el puerto Pakbara duraba aproximadamente una hora y media. Mientras tragaba un poco de saliva me consolaba con saber que iba hacia una playa paradisíaca, después de un viaje hermoso pero agotador por el sudeste asiático y que me esperaban unos días, por fin, de descanso.

Después de estar varios días con distintos compañeros de viaje, me encontraba en un momento de soledad, disfrutando de viajar sola nuevamente. Además me había subido al barquito con un día de sol brillante. Allí nos pusieron los chalecos salvavidas y comenzamos a navegar.

Todo salía a la perfección hasta que al poco tiempo, casi por arte de magia, el cielo quedó completamente encapotado. Comenzó a llover y fue como una película de dibujos animados (¡o de terror!). De un segundo para otro, el sol había desaparecido y estábamos en el medio de una tormenta que al principio hasta pareció gracioso.

El barquito empezó a moverse y con el oleaje comenzamos a mojarnos. A la gente le parecía divertido, reconozco que al principio a mí también, era sumarle un poco de aventura al viaje. Hasta que, de a poco, la tormenta empeoró y el oleaje se hizo cada vez más intenso. Los bebés comenzaron a llorar y unas mujeres musulmanas que tenía sentadas a mi lado empezaron a rezar. Las manos me transpiraban. Los gritos de los bebés eran cada vez más fuertes y se notaba que los mismos padres ya tenían ganas de llorar.

Una japonesa que tenía adelante, que había salido impecable, ya tenía toda su cabellera hecha un nido de caranchos y sollozaba de la mano de su amiga. Yo estaba sola y muy mareada. Para pasar el mal trago pensaba en momentos lindos, en toda la gente que había conocido recientemente y en mis familiares y amigos que me esperaban en Argentina.

No tenía reloj ni celular a mano así que no sabía qué hora era ni cuánto tiempo faltaba para llegar a la isla pero se me ocurrió levantar la cabeza (la tenía recostada sobre el asiento de enfrente por el malestar) y mirar hacia el más allá. Agua, agua y más agua. Ahí me empecé a desesperarme, no se venía ni un pedazo de tierra a lo lejos. Esa espera se me hizo eterna. Pensaba en que lo único que me faltaba era morir por una tormenta en el mar de Tailandia. Me maldije porque había decidido viajar en época de monzones.

Ni siquiera había llegado a hablar con nadie. El mareo se me hacía insostenible y empecé a arrepentirme de haberme comido aquel sándwich con huevo frito en el puesto callejero del puerto. Hacía años (literal, desde los 10 años más o menos) que no vomitaba, tenía un bloqueo vaya a saber por qué. Siempre me agarraban nauseas, pero nunca vomitaba ni en mis peores cuadros de gastroenteritis ni en mis peores borracheras.

Y ahí estaba yo, en el medio de la tormenta que empeoraba cada vez más y mis náuseas que se multiplicaban. De repente sentí que esta vez, algo iba a cambiar. Miré a mi alrededor, era tan chico el barco (y se movía tanto) que era imposible pararse para tomar aire. Lo sentí inevitable. Con desesperación, abrí mi mochila rápido en búsqueda de una bolsa de plástico y típica ley de Murphy, no tenía ninguna.

Era tan pequeño el espacio que sentía el contacto con los cuerpos de los otros pasajeros. De repente, actué lo más rápido que pude, saqué un folio A4 que tenía en mi mochila con papeles importantes y vomité allí. Claro, que me resultó insuficiente y cual mujer exorcista no pude dejar de vomitar. ¡Ustedes deberían haber visto la cara del pobre chico filipino donde deposité todo mi almuerzo, desayuno y más! ¡Ups!

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2 comments

  1. Hola Guada! Soy Argentina y en octubre me voy a Andorra a probar suerte, mi pregunta es: Si entro por España necesito pasaje de vuelta a Argentina aunque no me quede en España? Yo planeo sacar el vuelo a Barcelona y apenas llegar allá (como mucho estaré dos dias) viajar por tierra (es la única forma) a Andorra. Si tengo salida de España aunque no sea a Argentina ya me alcanza para no tener problemas y poder entrar tranquila?

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