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Las creencias de un dios de ébano

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Érase un dios de ébano alto y flaco como una de esas esculturas tribalistas africanas. Su cara recordaba a su madre filipina aunque a veces, cuando se mezclaba entre los mortales, lo creían turco.

Le gustaba bajar del cielo para jugar con las olas y colar el agua entre sus miembros. Saludaba cada día al reflejo de su padre en los océanos apoyado sobre una tabla que aún no me dijo si la talló el mismo o la compró en una de esas tiendas de Los Angeles.

Érase un dios de ébano que con sus finas manos y sus dedos largos acariciaba el aire haciéndole cosquillas al universo. El más amado, el más amador; el dios del tacto. Le gustaba posar sus dedos y moverlos de izquierda a derecha sobre cada superficie suave y dorada que encontrara sobre la arena. Hasta las perlas marinas se estremecían cuando lo veían pasar.

Cada mañana se levantaba temprano para ver dónde habría olas que le limpiaran la piel. Un desperezo, dos, y una sonrisa tan blanca que despertaba al sol.

Extremadamente sociable, a veces se mezclaba por las noches entre los locales. Un par de cervezas, unas risas contagiosas, un roce de labios y a volver a su tarea de dios.

Se sentía un poco incomprendido. Estaba acostumbrado a tomar todo lo que quisiera sin preguntar ni pagar por ello pero los mortales, tan apegados a la propiedad privada, lo acusaban con sus miradas vacías y sus dedos levantados. No entendían que para él nada está vedado. Desde que se inventó la igualdad “hasta el Monte Olimpo debe tener reglas”, pensaban. Pero para los inmortales era difícil sacarse esos malos hábitos. “Si todos tomaran la propiedad ajena entonces el mundo se tornaría en un caos”, le decían cada semana. La verdad es que sólo los dioses tomaban lo que querían mientras que los mortales acataban las reglas porque no gozaban de impunidad.

El dios de ébano, que gozaba del don de la palabra, pacientemente intentaba explicar el por qué de cada acción o pensamiento pero era como discutir con un niño que no entiende y niega con su cabeza cada palabra. Un niño hermoso. A veces una niña a la que pasar un dedo por su sien de izquierda a derecha sintiendo temblar su alma e iluminar su mirada. Era de esos caminantes generosos que aman cada ser y cada átomo.

Los dioses ya no eran sagrados. Había llegado la era de un solo dios. Pero yo, que creo aún en la magia del mundo, vi su esencia divina más allá de sus pupilas. Dichosa de mí. Puedo decir que he visto un dios de ébano, uno que acaricia el mundo y esparce risas.

Dedicado a Brian A. que, junto a sus amigos, me sacó risas hasta las lágrimas. Con humildad, a un “señor escritor” con el que espero volver a tener el placer de discutir sobre la moralidad del robo a las grandes corporaciones. También quisiera volver a compartir algún almuerzo y charlas sobre lo Chiquito y hermoso que es el mundo (valen las bromas ocultas, ¿cierto?).

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One comment

  1. wow!! hermoso escrito

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